El rey de las películas palomiteras, el director Michael Bay (Transformers, Armageddon), dio la campanada en el CES de este año. Samsung presentaba las nuevas televisiones curvadas  de alta definición y, supuestamente, el director debía dar una charla sobre la tecnología que cambiará la forma de experimentar el cine. Sin embargo, tras diversos titubeos y una gesticulación pueril, Michael Bay abandonó el escenario como perro apaleado y sin articular dos frases coherentes. El público, patidifuso, aplaudió con manos flojas sin tener muy claro qué había sucedido.

Así fue la pifia de Michael Bay

Sacudido el estupor, flota una pregunta: ¿cómo puede provocar una presentación tanta vergüenza ajena como una película de Ben Stiller? Pues por tres claves, principalmente. Esperar que todo funcione al milímetro es jugarse la suerte a una carta. Eso está bien en las producciones de Hollywood, pero en la vida real nunca está de más probar el aparato técnico y coordinarse con cualquier persona involucrada en la presentación. Sobre todo cuando toda la charla gira en torno a la chuleta de un teleprompter.

Es más: aunque tu charla sea una lectura, ensaya y practica. Da igual si la ponencia es el momento clave de tu vida profesional o un ejercicio gris y rutinario. Practicar te ayudará a saber cómo gestionar el ritmo, en qué momentos toca enfatizar o qué viene después para no perder el hilo (o, al menos, perderlo poco y reubicarte rápidamente en el discurso).

Asegúrate de saber de qué estás hablando. Ni siquiera es necesario ser el mayor experto del mundo, sino conocer lo más básico de tu charla, de qué tienes que hablar y qué posición ocupas tú en tu discurso. Algunas ponencias se cimientan sobre hechos y datos, otras  basan en vivencias y también las hay que exponen diferentes situaciones aparentemente inconexas entre sí, pero absolutamente todas tienen su inicio, su desarrollo y su cierre apuntando a dejar claro un mensaje. Conoce el tema y el mensaje principal y todavía tendrás oportunidad de improvisar si algo sale mal. Es posible que Michael Bay se tirara al ruedo sin haber pisado antes el espacio de trabajo, sin practicar y esperando que una pantalla le soplara qué decir.

Y aunque eso le puede pasar a cualquiera, el fiasco tiene versión extendida. El mensaje de disculpa ante semejante corte del director sigue tal que así:

“Me emocioné tanto que me salté la introducción del Vicepresidente Ejecutivo y el teleprompter se perdió. Luego fue hacia arriba y hacia abajo. Luego me marché. Supongo que los espectáculos en directo no son lo mío.”

En un mundo en el que las presentaciones son vitales para una marca, un negocio o una idea, lo último que nadie espera es que el ponente se pierda. Pero sorprende aún más la incapacidad de asumir la responsabilidad, descargando las culpas en el teleprompter y demostrando que a Michael Bay, en el fondo, la charla y su público le importaban menos que una entrada de cine.

 

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