*L’esprit de l’escalier (en francés: ‘el ingenio de la escalera’) es una expresión francesa que describe el acto de pensar en una respuesta cuando es demasiado tarde para darla. Este fenómeno viene usualmente acompañado de una sensación de pesar y arrepentimiento, una “consciencia intranquila”.

Sucedió la semana pasada, tras un curso para una multinacional de las fragancias. En las sesiones, además de hablar sobre el mensaje, la estructura, la comunicación en escena y la conexión con el público, incluíamos un apartado sobre PowerPoint y cómo hacer un uso efectivo de él.

Salí satisfecho del centro, así que la autopercepción al respecto es buena. Sin embargo, de poco vale ese gozo sin la opinión de los participantes, así que repartí los cuestionarios de rigor tras terminar el curso.

En una de las encuestas aparecía el siguiente comentario:

“El curso no ha estado adaptado a la realidad de nuestra empresa. El apartado de PowerPoint era innecesario, porque normalmente no los hacemos nosotros.

¡Qué rabia! ¡Esa participante no había entendido nada!

Te digo que me dio rabia. Así, sin anestesia, tal cual. Y mi reacción, arranque natural donde los haya, fue pasar a la defensiva.

Soy eficaz pero lento con mi inteligencia emocional. Cuando pensé en ello un par de minutos entendí que realmente me enfurecía no haber realizado bien mi trabajo. Tenía argumentos y explicaciones para ello, pero no las di a tiempo.

Ya sé que solo es un comentario entre doce y que las demás observaciones del grupo fueron positivas, pero a veces nos empecinamos en fijarnos en el error, lo disconforme y lo diferente.  Y no evado la responsabilidad de no haberle aclarado que la presentación es un todo del que un presentador es el director de una orquesta de elementos.

Cuando Aleksandar Marković -en la foto- coge la batuta y está al mando de la orquesta, él es el responsable del resultado. Estoy seguro que nunca en su carrera ha pensado “yo no necesito saber componer, si las partituras ya me las dan hechas”. Y aunque, efectivamente, trabaje con piezas que han compuesto otros, él debe tener criterio suficiente para reconocerlas, crear un repertorio, analizarlas y transmitirlas como fueron sentidas.

Quizá te prepare el contenido otra persona, quizá el PowerPoint lo monta un experto como los de nuestra compañía, quizá alguien se ocupará de la puesta a punto de los medios técnicos. Incluso hay quien puede ocuparse de tu imagen. Pero tú serás quien dé la cara por ello.

Es más: tú recogerás los éxitos o fracasos de la suma de esos elementos.

Ojalá me leyera aquella participante y pudiera decirle que…

Si no confeccionas tu PowerPoint, deberías contarle cómo lo quieres a quien lo elabore. Tus slides forman parte de tu historia, no pueden trabajarse de manera independiente para juntarlos al final pensando que funcionarán como por arte de magia.

Si no confeccionas tu PowerPoint porque tu nivel jerárquico te permite delegarlo, deberías poseer criterio suficiente para recibirlo y saber si debe mejorarse. ¿O defenderás cualquier cosa que te entreguen porque no tienes conocimientos para valorar su calidad?

Si no confeccionas tu PowerPoint, porque hoy tu realidad es esa, jamás descartes aprender a crearlos. El conocimiento es una inversión segura, y quién sabe si en otros puestos, proyectos o (toquemos madera) empresas, necesites saber componer PowerPoint impactantes con un acabado profesional y no tengas a nadie en quien descargar esa labor.

Ojalá me leyera aquella participante e hiciera este aprendizaje.

Yo, por mi parte, he hecho el mío: de ahora en adelante enfatizaré en aclarar que si quieres triunfar con tus presentaciones, estructures o no tus PowerPoint, puedes delegar ciertas tareas, pero nunca podrás delegar la responsabilidad.

A fin de cuentas, la cara que hay en juego siempre que sales a escena es la tuya.

 

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