Dejando a un lado cuánto gusta su arte literario, Isabel Allende guarda unos cuantos trucos en la manga, y queda claro incluso a través de sus charlas. Porque quizá todo parta de la etiqueta de personas retraídas que asignamos a los ratones de biblioteca, pero la autora chilena es capaz de romper ese mito. Y para aprender al respecto nos fijaremos en la transformación del lenguaje corporal de Isabel Allende en dos presentaciones separadas por siete años de distancia.

La primera presentación se titula “Cuentos de pasión”. Lo que estaría bien si no fuera porque, a pesar de exponer la convicción en su mensaje en su tono, su cuerpo erguido y tenso tras el atril recuerda a un cervatillo asustado tras el tronco de un árbol. ¡Incluso el vestido de chaqueta es de color sobrio oscuro! Su mirada chilena es fiera y de tanto en cuando recalca porciones de aquello que cuenta, pero es lo único con lo que se permite el lujo de transmitir algo más que palabras.

Afortunadamente, la charla está salpicada con humor y la autora brilla con candidez propia, aunque ambas cosas sirven de gancho a duras penas. Desde 2007 solo ha sido visualizada 3 millones de veces. Entre otras cosas, porque la mayoría de capturas de pantalla que llevan al vídeo ya muestran el atril que oculta el lenguaje corporal de Isabel Allende. La clase de pose que asociamos a catedráticos y profesores de universidad; la clase de personajes a quienes, salvo honrosas excepciones, también presuponemos una actitud rígida y aburrida.

El lenguaje corporal de Isabel Allende 7 años después

Avanzamos siete años en el tiempo y nos encontramos con otra presentación.

Incluso antes de hacer clic en el botón de reproducción, nos encontramos con una Isabel Allende erguida, con la vista felina en alto y la blusa naranja abierta. Ese primer contacto visual transmite una calidez infinitamente más efectiva que los chistes de la intervención anterior. Y no hay sonido; ni siquiera hay movimiento.

Una vez en acción, es fácil darse caer en que los tímidos también pueden presentar, pero cualquier atisbo se aparta rápidamente. Cada punto importante del mensaje, cada inciso para introducir un chascarrillo o apunte, cada arranque con una nueva anécdota, tiene su marcador gestual. Las manos aseverando en vertical, el encogimiento de hombros y el ligero agacharse o la muestra de las palmas al constatar una evidencia. Acciones que recalcan la importancia de esos instantes y que los enmarcan, potenciando qué quiere decir la autora y haciéndola brillar sobre el escenario.

Esta segunda charla va sobre  la sabiduría y tranquilidad adquiridas con la edad. Y quizá sea precisamente esa carta, la de la experiencia, la carta jugada por la autora. Lo que está claro es que el lenguaje corporal de Isabel Allende demuestra que si queremos dar el cambio entre una exposición gris y rígida a una en la que brillemos con luz propia, es vital aprender a  movernos por un escenario.

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