Cada pocos años, el mercado del entretenimiento se revoluciona por una razón: mejores gráficos. Los juegos se ven mejor, las cinemáticas ganan definición, los colores vibran más. Sin embargo, lo que vemos es solo el resultado de unos cuantos millones de resultados de operaciones matemáticas a toda velocidad. Cuando esas operaciones fallan lo notamos rápidamente: la película se para o distorsiona, el juego se cuelga o el protagonista atraviesa paredes que no debería. Pero no pensamos que vemos lo que vemos porque salió mal una de millones de operaciones matemáticas, sino porque se ve mal. Es decir, al final, los datos bien presentados importan porque nos ayudan a comprender qué está pasando, no porque solo sean más entretenidos.

Con tu público pasa algo parecido.

Ellos no son tontos

No es que los datos importen poco, es que los datos en bruto suelen ser aburridos y (casi) nadie quiere verlos. Pero tu audiencia estará encantada de observar un gráfico basado en esos datos. El problema sobreviene cuando tu público no encuentra gráficos coherentes con los datos y saltan todas las alarmas: lo que muestras no es lo que dices y estás creando una interferencia para tu público. Peor aún, estás rompiendo el juego y te piensas que los demás no se enterarán.

Según un estudio de Software Advice, casi el 60% de las personas perciben un mal gráfico inmediatamente. Aunque sea de manera inconsciente y no sepan por cuánto, más de la mitad de tu público notará que tu tarta está desproporcionada o aquella línea dibujada parece extraña.

Las preguntas siempre llegan

Si pensar que otros carecen de sesera es una falta de honestidad, lo que algunos llaman karma puede acabar por enterrar tus tartas, barras, líneas temporales o cualquier otra cosa que intente ilustrar a tu público. Cuando algo no encaja, ¿no te sientes incapaz de sacudirte esa inquietud de encima? Tu audiencia hará exactamente lo mismo en cuanto perciba que unos datos bien presentados guardan gato encerrado. Le darán vueltas a lo que están viendo, prestarán más atención a qué dice quien presenta y, a menos que el ponente sea un malabarista extraordinario, siempre habrá alguien en la audiencia que descubra el engaño. Y hará preguntas.
Y las hará en ese mismo momento.
Y sacará los colores a ese ponente.

Las redes sociales y la caza de brujas

Quizá porque es algo habitual de la prensa española, es fácil recordar algún tweet o publicación en Facebook donde alguien señala cómo un gráfico de un telediario o periódico era una manipulación flagrante. Quizá es porque a los españoles nos gustan las cazas de brujas y retuitear o compartir hasta la saciedad la afrenta de alguien que ha tratado de engañarnos.

Pero es universal señalar a quien intenta engañarnos y hacerlo saber a cuantos podamos. Lo cual, incluso en círculos pequeños, puede apilarse en el tiempo y hundir a cualquiera que no juegue limpio en presentaciones construidas con informaciones contrastadas y datos bien presentados.

¿Error modesto o mala intención? El resultado es el mismo

Cuando pasamos por alto la importancia de los datos bien presentados encontramos dos escenarios: uno en el que el ponente ha cometido un error honesto y otro en el que el ponente pretendía manipularnos. En ambos casos, la reputación de la persona que presenta recibe un golpe severo. ¿No es capaz de prestar atención a aquello de lo que habla? Mal. ¿No sabe hacer gráficos? Mal. ¿Ha intentado engañarnos? Peor todavía.

Pero lo que diferencia el error de la intención enfermiza es la existencia de una posibilidad de redención. O sea, pedir perdón. Porque todos cometemos fallos, y no hay nada más humano, especialmente cuando queremos mostrar la verdad y nada más que la verdad, pero hacerse responsable de ellos es imprescindible. No solo porque eso nos permite mejorar en nuestro trabajo, sino porque también habilita la posible restauración de la confianza para con la audiencia.

Así las cosas, sea por la razón que sea, tenemos la obligación moral (y a menudo también legal, por cierto) de corregirnos; pero es infinitamente más productivo aprender cuanto antes la lección de que los datos bien presentados son cruciales para ganarse la confianza de tu audiencia. Y es que cuando tu público confía en ti, entonces puedes entretenerlo con cualquier gráfico sin necesidad de engañarlo.

 

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