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Cuando el síndrome del impostor se sube al escenario

“Se me va a notar.”

No suele decirse en voz alta, pero se piensa mucho. Muchísimo. «Se me va a notar que no sé lo suficiente», «Se me va a notar que me comen los nervios», «Se me va a notar que no estoy a la altura» o «Se me va a notar que este puesto no es realmente para mí». Y suele venir acompañado de una sensación bastante desagradable: la de estar ocupando una silla que, en cualquier momento, alguien va a venir a reclamarte.

Sí, son señales incómodas y sutiles de un síndrome muy conocido que suele resumirse con una frase algo más contundente:
“estoy engañando a todo el mundo”.

Eso es el síndrome del impostor. No es un tema de incompetencia. Sino de cabeza. De cómo interpretamos lo que hacemos, lo que sabemos y el lugar que ocupamos. Personas con recorrido, criterio y resultados que, aun así, explican sus logros como si fueran un accidente afortunado: suerte, contexto, timing… cualquier cosa menos capacidad.

La psicología lleva décadas observándolo. A finales de los años 70, Pauline Clance y Suzanne Imes lo identificaron en profesionales con alto nivel de exigencia. Desde entonces, la investigación ha sido bastante clara: más del 70 % de las personas lo experimentan en algún momento de su carrera, sobre todo cuando hay visibilidad, evaluación o un cambio de rol. Es decir, justo cuando toca dar un paso al frente.

El problema no es sentirlo. El problema es creerse todo lo que ese miedo cuenta. En Que no cunda el pánico lo explico así: el miedo no aparece para fastidiarte la vida, aparece para protegerte. El detalle importante es que no siempre tiene razón… y suele exagerar bastante.

En esa misma línea, Adam Grant lo resume de forma muy poco dramática: el síndrome del impostor aparece con frecuencia en personas capaces, con estándares altos y conciencia real de la complejidad de lo que hacen. Traducido: si dudas, probablemente es porque sabes de lo que va esto. Los verdaderamente incompetentes suelen dormir estupendamente.

Tres preguntas para callar esa voz interior

Ahora bien, ¿qué haces con todo esto cuando te toca hablar en público y la vocecita empieza a calentar motores?

Una herramienta muy eficaz es dejar de mirarte el ombligo y empezar a mirar a la sala. Concretamente, trabajar tres preguntas antes de salir a escena.

  • La primera: ¿por qué yo?
    Y no, no es un ejercicio de ego. Es de realismo. Enumera las razones por las que te han pedido a ti esa charla y no a otra persona. Tu experiencia, tu recorrido, tus errores bien aprendidos, tus conocimientos. Hay algo que tú tienes y el público no. Recordarlo no te hace arrogante; te coloca.
  • La segunda: ¿para qué es esta charla?
    Porque no estás ahí para demostrar nada. Eres un medio, no el fin. La intervención sirve para que pase algo después: que alguien decida, entienda, cambie el enfoque o se atreva a dar un paso. Cuando esto queda claro, la presión baja bastante. Ya no va de brillar, va de ser útil.
  • Y la tercera: ¿qué vulnerabilidad tiene el público?
    Qué no sabe, qué no puede decidir porque le falta información, qué actitudes le están frenando, qué no se atreve a hacer todavía. Si te concentras en eso, el foco se desplaza solo. Porque ellos necesitan algo que tú tienes, aunque ahora mismo no lo veas tan claro.

El síndrome del impostor no se supera acumulando más méritos ni preparándose hasta la extenuación. Se supera entendiendo mejor el lugar que ocupas. Cuando sabes por qué estás ahí, para qué sirve tu intervención y qué necesita realmente quien te escucha, la sensación de “se me va a notar” pierde fuerza. No desaparece del todo —no nos engañemos—, pero deja de mandar.

Hablar en público no va de estar a la altura de un ideal imaginario. Va de responder a una necesidad real. Y cuando recuerdas que el público no te está evaluando, sino esperando algo de ti, el cuerpo se relaja, la cabeza se ordena y el mensaje encuentra su sitio. Ahí es cuando el síndrome del impostor se sienta en la última fila… y empieza la comunicación de verdad.

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