Hoy voy a confesar que a veces he mentido a mi audiencia. Uno de los que consideramos pecados de hablar en público.

Si sigues habitualmente nuestros artículos o nuestros cursos, sabrás que nosotros somos defensores de la autenticidad. Porque la naturalidad debería estar por encima de todo ya que es el cimiento de la credibilidad.

Sin embargo, hoy nos saltamos la norma para recomendar cuando deberías guardarte la naturalidad en el bolsillo y actuar un poco para tu audiencia.

Y, para que veas que yo soy el primero en tirarme al fango, te voy a contar las ocasiones en las que engaño cuando estoy dando una charla o un curso.

Este imprevisto lo tenía previsto

Montones de veces surgen imprevistos. Porque la humanidad no tiene el don de la infalibilidad y siempre puede fallar algo. Pero si se da el caso hay que fingir. De nada te sirve quejarte o señalar a la audiencia el error. Más bien debes ignorarlo y hacer como si ya todo eso estaba previsto. 

¿Que se han equivocado en la hora al convocar a la gente? “Hoy hemos preparado una versión reducida del taller porque sabemos que sois personas muy ocupadas”.

¿Que en la sala falla el audio? “Os voy a poner el vídeo sin audio porque lo que quiero es que os fijéis en el lenguaje corporal”.

¿Que no hay suficiente material para todo el grupo? “Esta actividad la vamos a hacer en parejas porque el debate os ayudará a ser más creativo”.

Dramatizar cuando te encuentras un imprevisto hace que éste sea más llamativo e incentiva el juicio negativo en una audiencia que debe estar concentrada en el contenido y no en el formato.

¿Cansado yo? ¡Nunca!

Cuando uno se entrega a una presentación debe tener la energía muy alta para poder liderar el grupo. Y si no la tiene, la debe fingir.

Por supuesto que he llegado muchas veces a una clase arrastrándome del cansancio. Los viajes, las horas de cursos encadenadas y los días flojos, que todos los tenemos. Sin embargo, si quieres que el grupo no se te caiga, debes insuflarles energía. Eso me requiere impostar un vigor en mi comunicación no verbal (sobre todo con la voz) que no sería mi auténtico estado en ese momento de hablar en público.

Para salir de ese bache te va a ayudar el subidón de adrenalina. Esa es la parte positiva del tan denostado estrés escénico.

Y un secreto personal: mi botella opaca, a veces, en vez de agua contiene alguna bebida energética. 😉

No me importa no gustarte

Todo el que trabaja con personas sabe que hay un clic relacional que te acerca o te aleja casi automáticamente. La primera impresión, el prejuicio, los gustos personales… Cosas a las que nos arrastra el inconsciente y con las que, no siempre, podemos luchar desde la inteligencia emocional.

Te puede pasar, como me pasa a mí, que te dispongas a hablar en público y haya personas a las que no les gustes. Y de manera más o menos directa te lo hagan saber.

Cuando estoy entregándome a un público y noto ese rechazo por parte de alguien, por supuesto que me duele. La sensación de rechazo no es nada bonita. Y el instinto te empujaría a ponerte a la defensiva y entrar en un ciclo pasivo-agresivo, a desanimarte y perder fuelle o a llenarte de inseguridades. Sin embargo, debes fingir que no te importa, que no te duele, y tratar a esas personas de igual forma que al resto (aunque el cuerpo te está pidiendo lo contrario.

A veces (y sólo a veces) esas personas que te rechazaban al ver que mantienes la relación personal amable acaban cambiando su actitud. Y cuando no es así, al menos, esa poca sintonía no afectará al desarrollo de la charla y al resto del grupo que sí ha conectado contigo.

Nunca he engañado con mis mensajes, con mis creencias. No pongo en juego mi integridad. Pero no me duelen prendas si tengo que engañar cuando el objetivo de la charla o de la formación puede verse comprometida.

Lo importante es aparentar que está todo controlado. Porque si generas la duda, perderás el control también de la audiencia que empezará a preguntarse si debería dejarse llevar y a fijarse en detalles organizativos que le distraerán del contenido y del valor que podía aportarle.

Aportar valor. Ese es tu único fin que puede justificar todos los medios.

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