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¿Cómo saber si una idea es mala… o simplemente es la primera vez que la escuchas?

Imagina que alguien entra en la sala donde estáis preparando una presentación importante y dice:

—Tengo una idea. Vamos a empezar explicando por qué nuestro producto es peor que el de la competencia.

Silencio y caras de estupor.

Hay propuestas que a primera escucha nos hacen dudar de si hemos escuchado correctamente. Como «¿y si durante el primer minuto hablo en un idioma inventado?» o «¿y si, justo en el momento más importante de la presentación, salgo de la sala durante unos segundos y los dejo completamente solos?»

Es muy fácil al escuchar algo tan rupturista pensar: «Qué idea más mala.»

Pero, en realidad, todavía no sabemos si son malas. Lo único que sabemos es que rompen nuestras expectativas.

El problema de las ideas que todavía no tienen antecedentes

Nos gusta pensar que valoramos la creatividad. Si preguntáramos en cualquier organización si considera importante innovar, lo normal sería obtener un sí casi unánime. Todas las empresas quieren equipos creativos, personas que aporten soluciones diferentes y presentaciones capaces de captar la atención de clientes, inversores o comités de dirección.

Sin embargo, la realidad suele ser un poco más incómoda.

La psicóloga Jennifer Mueller, junto con Shimul Melwani y Jack Goncalo, publicó en Psychological Science una investigación que hoy se considera una referencia para entender esta paradoja. Sus experimentos mostraron que las personas afirmamos valorar la creatividad, pero tendemos a rechazar las ideas verdaderamente novedosas cuando generan incertidumbre. Es decir, nos gusta la creatividad… siempre que no nos obligue a abandonar demasiado deprisa lo conocido.

Y es que las ideas convencionales tienen una ventaja enorme: ya sabemos cómo terminan. Sin embargo, las ideas nuevas todavía no tienen historial y nuestro cerebro suele sentirse mucho más cómodo con aquello que puede predecir.

En comunicación confundimos con facilidad la incomodidad con la mala calidad

Es algo que vemos con frecuencia en SpeakersLab. No suele faltar creatividad sino tiempo para que una idea pueda defenderse, probarse, testarse, debatirse…

Muchas propuestas desaparecen apenas unos segundos después de nacer. No porque alguien haya demostrado que perjudicarán a la audiencia, dificultarán la comprensión o desviarán el mensaje. Desaparecen porque generan una sensación inmediata de extrañeza. Y esa sensación suele interpretarse como una prueba de que era mala. Pero no lo es.

La psicóloga Jennifer Mueller, junto con Shimul Melwani y Jack Goncalo, estudió precisamente esta paradoja en una investigación publicada en Psychological Science en 2012. Sus experimentos mostraron que las personas solemos afirmar que apreciamos la creatividad, pero cuando una propuesta introduce demasiada incertidumbre tendemos a evaluarla de forma más negativa, incluso antes de analizar si realmente puede funcionar.

Si alguien propone empezar una presentación enumerando los defectos de su propio producto, la reacción espontánea suele ser pensar que ha perdido el criterio. Sin embargo, existen contextos donde reconocer una limitación al principio aumenta la credibilidad del resto del discurso, precisamente porque reduce la sensación de que estamos escuchando un mensaje puramente comercial.

Si alguien plantea hablar durante un minuto en un idioma inventado, probablemente pensemos que está confundiendo una conferencia con una obra de teatro. Hasta que descubrimos que intenta reproducir la frustración que experimentan los usuarios cuando se enfrentan a una tecnología incomprensible.

Si la ponente sale de la sala de manera abrupta para que un equipo técnico experimente lo que puede sentir el cliente cuando un sistema se le cuelga y no hay ninguna persona a la que pedirle explicaciones.

La idea sigue siendo extraña, pero cuando la pensamos, entendemos para qué sirve.

Y cuando comprendemos el propósito, muchas ideas dejan de parecernos extravagantes para empezar a parecernos inteligentes.

Las mejores ideas casi siempre necesitan una explicación

Ese detalle me parece especialmente interesante.

Las ideas convencionales no necesitan contexto porque ya forman parte de nuestro repertorio. Sabemos cómo funciona una agenda al inicio de una reunión, una diapositiva con los objetivos o un gráfico de resultados. Nadie necesita justificar esas decisiones porque las hemos visto cientos de veces.

Las ideas realmente nuevas funcionan justo al revés.

Al principio parecen peores de lo que son porque todavía no hemos entendido la lógica que las sostiene.

Eso explica por qué muchas innovaciones generan rechazo en sus primeros minutos de vida. No porque sean incorrectas, sino porque todavía no disponemos del marco necesario para interpretarlas.

En comunicación sucede continuamente: juzgamos la forma antes de comprender la intención. Y quizá ese sea uno de los mayores enemigos de la creatividad.

El criterio sigue siendo más importante que la originalidad

Llegados a este punto conviene hacer una aclaración importante: lo extraño no se convierte automáticamente una propuesta en brillante.

Desde luego que hay presentaciones que recurren a recursos extravagantes simplemente para llamar la atención. Ocurrencias que sorprenden durante unos segundos, pero que no ayudan a comprender mejor el mensaje ni aportan ningún valor a la audiencia.

Eso no es creatividad. Es espectáculo.

La creatividad empieza a resultar útil cuando una decisión poco convencional consigue resolver un problema de comunicación mejor que una solución convencional.

Por eso, en SpeakersLab aunque potenciemos la originalidad, siempre evaluamos las ideas desde la función que tienen: ¿Ayudan a la audiencia a comprender mejor? ¿Facilitan que se recuerde? ¿Hacen más probable que se tome la decisión que buscamos?

Si la respuesta es no, probablemente la idea no merezca la pena.

Pero si la respuesta es sí, quizá todavía sea demasiado pronto para descartarla solo porque nos haya parecido extraña durante los primeros treinta segundos.

La primera reacción no siempre merece la última palabra

Existe una tentación bastante humana de emitir un juicio inmediato sobre aquello que rompe nuestras expectativas. Es un mecanismo útil para movernos por el mundo con rapidez, pero no siempre resulta igual de útil cuando intentamos generar ideas nuevas.

Quizá por eso merece la pena introducir un pequeño hábito en cualquier proceso creativo.

La próxima vez que alguien proponga algo que provoque una reacción instintiva de rechazo, en lugar de preguntar si es una buena idea o una mala idea, prueba a formular una pregunta diferente.

¿Qué problema intenta resolver?

Quizá esa sea una de las preguntas más útiles en cualquier proceso creativo. En lugar de decidir inmediatamente si una idea nos gusta o nos incomoda, merece la pena preguntarse qué problema intenta resolver. Es una pregunta mucho más exigente porque obliga a evaluar la propuesta por su utilidad y no por la sensación que nos produce en los primeros segundos.

Y, curiosamente, muchas ideas que sobreviven a esa segunda pregunta terminan siendo bastante mejores de lo que parecían al principio.