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El mejor consejo para hablar en público puede venir de Lobezno

Cuando pensamos en referentes de comunicación solemos mirar hacia lugares bastante previsibles.

En mi caso, sigo a grandes conferenciantes. Grandes teóricos e investigadores en el campo de la comunicación. Autores de best sellers.

Y de repente, aparece Hugh Jackman dando un discurso y es el que me hace reflexionar y escribir este post.

Sí, sí, Hugh Jackman. El actor australiano conocido por interpretar a Lobezno, protagonizar musicales de Broadway y acumular una carrera bastante más diversa de lo que solemos recordar. El mismo que a principios de mayo participó en una ceremonia de graduación y compartió una reflexión que me parece especialmente interesante para cualquiera que tenga que hablar en público:

No intentes ser interesante. Intenta estar interesado.

Puede parecer una frase más de esas que funcionan bien impresas sobre una fotografía bonita en LinkedIn. Sin embargo, detrás hay bastante más profundidad de la que parece.

La obsesión por resultar interesantes

Muchas personas llegan a una presentación con una preocupación muy concreta.

  • Quieren gustar.
  • Quieren parecer inteligentes.
  • Quieren demostrar que dominan el tema.
  • Quieren transmitir seguridad.
  • Quieren causar una buena impresión.

Y es completamente normal porque hablar en público implica exponerse a la evaluación de otras personas. La psicología lleva décadas mostrando hasta qué punto somos sensibles a la opinión del grupo. El miedo a ser juzgados aparece de forma recurrente entre las principales preocupaciones asociadas a las presentaciones.

El problema es que esa obsesión por la imagen suele desplazar la atención hacia el lugar equivocado. La persona deja de concentrarse en la audiencia para concentrarse en sí misma. Y entonces, empieza a preguntarse cómo está siendo percibida, si parece suficientemente competente o si está generando el impacto esperado.

Paradójicamente, cuanto más nos observamos a nosotros mismos, más difícil resulta conectar con quienes tenemos delante.

Las personas interesantes suelen estar interesadas

Uno de los aspectos más llamativos de los grandes comunicadores es que parecen genuinamente curiosos. Preguntan. Escuchan. Observan. Se interesan por otras personas.

Y es justo esa actitud la que genera una consecuencia inesperada: resultan interesantes precisamente porque están interesadas.

La investigación sobre relaciones interpersonales lleva tiempo señalando este fenómeno. Estudios clásicos realizados por psicólogos como Arthur Aron mostraron que las personas tienden a sentirse más conectadas con quienes muestran interés genuino por ellas y por sus experiencias.

No es especialmente sorprendente y casi de sentido común que nos gusten más las personas que nos escuchan. La cuestión, que quizás pase más desapercibida, es que este principio también funciona cuando hablamos ante una audiencia.

Una presentación es una conversación ampliada

Existe una tendencia bastante extendida a entender las presentaciones como una actuación: la persona ponente habla y la audiencia escucha. Y durante unos minutos se produce una especie de monólogo sofisticado.

Sin embargo, las mejores intervenciones suelen parecerse más a una conversación que a una representación teatral. Aunque solo una persona tenga el micrófono.

Quienes comunican con eficacia suelen estar pendientes de las reacciones de la sala. Observan expresiones. Detectan dudas. Ajustan el ritmo. Reformulan ideas cuando perciben confusión. En otras palabras, mantienen la atención puesta en la audiencia. No en sí mismos.

El interés genera mejores preguntas

Hay otro efecto secundario interesante: las personas que están realmente interesadas suelen formular mejores preguntas. Y las preguntas tienen una capacidad extraordinaria para mejorar cualquier intervención para todas las personas que están en la sala porque obligan a pensar, invitan a la participación y nos ayudan a descubrir qué preocupa realmente a la audiencia.

En nuestras formaciones solemos dedicar mucho tiempo a preparar respuestas, a cómo gestionar las objeciones, cómo redirigir el foco. Y tiene sentido porque las preguntas difíciles forman parte de muchos contextos profesionales.

Sin embargo, también merece la pena preparar preguntas porque una buena pregunta puede generar más reflexión que una respuesta brillante.

Menos actuación. Más curiosidad.

Quizá por eso me gustó tanto la forma en la que compartió Hugh Jackman esta reflexión. Porque ofrece una alternativa sencilla a una preocupación muy habitual.

En lugar de preguntarnos constantemente cómo parecer más interesantes, más brillantes o más carismáticos, podemos dirigir nuestra atención hacia otro lugar.

  • ¿Qué preocupa a esta audiencia?
  • ¿Qué necesita comprender?
  • ¿Qué le gustaría llevarse de esta intervención?
  • ¿Qué conversación estamos intentando generar?

Las respuestas a esas preguntas suelen mejorar una presentación mucho más que cualquier truco escénico. Y además tienen una ventaja adicional: que reducen la presión.

Porque cuando dejamos de actuar para impresionar y empezamos a comunicar para comprender y ayudar, hablar en público se parece un poco menos a un examen y bastante más a una conversación entre personas.

Aunque una de ellas, insisto, lleve micrófono.